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Tambores de Guerra - (2008-02-11)
Miguel Posada Samper
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Insistentemente, desde hace dos años, hemos tocado el tema de la posibilidad de un conflicto con Venezuela. Mucha gente decía que esa posibilidad no existía, que era un temor totalmente infundado. La verdad es que ya estamos en conflicto con el gobierno de Chávez. Su apoyo diplomático, económico y de albergue a las FARC y al ELN es una forma de conflicto. Y la agresión verbal, del mismo Chávez y de su áulico Daniel Ortega, el mismo que condecoró a Tiro Fijo en la época del Caguán, es incesante. El ruido puede a veces no ser más que ruido, pero nos recuerda una historieta en la cual decía Tarzán cuando sonaban los tambores de guerra de las tribus: “Se escuchan tambores, va a haber guerra.” Toda esta agresión verbal puede ser la preparación del ambiente para una agresión armada, o sólo una distracción para ocultar los problemas internos de Venezuela.
Pero pasar de allí a un conflicto directo que involucre las fuerzas armadas de los dos países no es solamente posible, sino que la probabilidad de que ocurra aumenta a un ritmo acelerado. Colombia, y por supuesto nosotros, no queramos que eso ocurra, pero sólo se necesita la voluntad de una de las partes para que el conflicto se de. Estamos de acuerdo en que sería una locura que sólo puede hacer daño a los dos países, pero en esas mismas circunstancias, donde todos perdían y nadie ganaba, se han dado otros conflictos y guerras. Si existe el ambiente de tensión, cualquier personaje puede precipitar una contienda.
¿Cómo debemos interpretar las permanentes alusiones de Chávez a supuestas amenazas por parte de Estados Unidos desde Colombia, las acusaciones de imaginarios intentos de asesinato por parte del DAS o los insultos a la sociedad colombiana? Está preparando el ambiente para una confrontación. No se puede olvidar que el locuaz presidente del vecino país es un aventurero. En 1992 intentó un golpe de estado sangriento que fracasó.
Una Colombia democrática estorba los sueños de Chávez que aspira a ser el gran líder de América Latina. Además necesita un factor de distracción externo que desvíe la atención de los venezolanos, agobiados por la escasez y el desabastecimiento. La acción de Chávez puede tomar muchas formas, desde simples restricciones comerciales, pasando por un más descarado apoyo a la guerrilla, ataques aéreos aislados y finalmente llegando a un conflicto directo.
El dictador venezolano puede tener interés en propiciar, utilizando cualquier pretexto, una confrontación armada limitada. En días recientes hemos visto las quejas de su aliado Daniel Ortega que pretende derechos de pesca en aguas colombianas, y que afirma que cualquier problema con él, lo es con Chávez. También hemos visto al dictador venezolano proponer una alianza militar, una integración militar, con sus aliados Nicaragua, Cuba, Dominica y Bolivia. Otra pregunta que debe hacerse es: ¿Para qué aviones Sukhoi 30, submarinos rusos tipo KILO, misiles de varios tipos y una fábrica de fusiles? Chávez afirma que es para enfrentar una invasión de Estados Unidos, invasión que nunca habrá. ¿Para qué es entonces este derroche enorme en armas sofisticadas? La respuesta salta a la vista: para amenazar o atacar a Colombia.
Colombia no puede negarse a contemplar la posibilidad de una guerra, por desagradable y absurda que sea. La historia demuestra que cuando se genera un ambiente de tensión, repetimos, cualquier chispa, voluntaria o involuntaria, puede desatar un conflicto. La guerra entre Perú y Ecuador en 1941, por ejemplo, se produjo por la voluntad de un comandante militar local, no por decisión presidencial. Recordemos la llamada Guerra del Fútbol, entre Salvador y Honduras en 1969. Las tensiones internas y externas existían. La chispa fue un partido de fútbol. Absurdo, si, pero ocurrió. La Guerra de las Malvinas se hizo para distraer a los argentinos de sus problemas internos. La junta militar argentina calculó que el Reino Unido, para quien las Malvinas valían poco, se quedaría en quejas a la ONU, y ellos consolidarían su poder como héroes de una conquista territorial. Calcularon mal. No menos absurda fue la breve guerra entre Ecuador y Perú en 1995, pero ocurrió.
Lo grave de todo esto, es que cualquier conflicto, así no pase a mayores, dañaría la relación entre los dos países, una integración que va más allá de la relación coyuntural entre gobiernos. El intercambio comercial y la amistad, establecidos en las últimas décadas, son profundos y benefician a venezolanos y colombianos. Chávez está tirando todo eso por la borda.
Completar la escuadrilla de KFIR de la FAC entonces es una medida lógica. Es un avión muy inferior al Sukhoi –30 que esta comprando Chávez, pero algo es algo. La verdad es que, como dice Eduardo Mackenzie en un reciente artículo, más allá de las elecciones en Estados Unidos, el próximo noviembre, no podemos contar con ningún apoyo. Colombia estará sola.
Lo más probable es que Chávez no inicie hostilidades con una invasión. Su ejército fue sometido a una purga de aquellos oficiales cuya lealtad al supremo líder no era segura. Salieron los mejores, y tomará tiempo reconstruir el cuerpo de oficiales. Aunque fue un oficial mediocre, Chávez lo sabe. Pero puede entonces empezar con ataques aéreos en respuesta a supuestas agresiones colombianas. Con ello buscará medir el “temple” de Colombia y la actitud de Estados Unidos. Puede optar por otra opción: generar un incidente con Nicaragua, con el mismo objetivo. De acuerdo con los resultados de estas “tientas”, elaborará su plan de guerra. ¿Cómo debemos responder a estas agresiones limitadas? Debemos empezar a pensarlo. Y debemos preparar a la ciudadanía para tiempos difíciles, porque suenan tambores de guerra.
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